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martes, 1 de noviembre de 2016

Salud

Rompí la regla de andar siempre acompañado por las dudas y ahora tengo miedo. ¿Cuántos muertos hubo hasta ahora? Dicen que no hay estadísticas ni formas de medir que alcancen.
Subí a un ascensor en el piso catorce y empecé a bajar confiado en que llegaría a destino pero el imprevisto corte de luz se está asegurando de que así no sea. ¿Cuánto tiempo puedo estar encerrado aquí? ¿En qué momento empezará el ataque de pánico? Dicen que lo ideal en estos momentos es sentarse, relajarse y esperar.
Y observar que el celular no tiene señal.
En la Antiguedad, el estornudo era un signo de mal aguero y un presagio de muerte, por eso al momento de escuchar un estornudo las personas que te rodean inmediatamente y por un acto de cortesía te desean ¡Salud! ¿Cómo íbamos a imaginar que se iba a transformar en algo tan literal?
Todo empezó con miles de muertes en diversas partes del mundo sin causas precisas ni aparentes. La llamaron la Peste Súbita. Morgues desbordadas, cementerios repletos, fosas comunes por todos lados y grandes ciudades devastadas. Ningún investigador podía determinar las causas. Un simple estornudo y a los cinco minutos la muerte. Sin agonía, sin dolor, sin posibilidad de ser revivido. Hasta que un día alguien estornudó y una persona le contestó “Salud” y no murió. Posteriormente se comprobó que no servía escucharlo en el teléfono o en un mensaje grabado, ni siquiera en video. Sólo sirve en persona, en directo y dentro de los cinco minutos. En Inglaterra te dicen Bless you, Dios te bendiga, en Brasil Saúde y en Alemania Gesundheit, ambos deseándote “Salud”. En Francia te dicen a tes souhaites que quiere decir “A tus deseos”, mientras que en el Congo te dicen “Kuma” que quiere decir “que estés bien”. Así en todos los lugares del mundo. Salvo aquí donde rompí la regla básica de entrar en un ámbito cerrado sin ninguna compañia y ahora estoy rogando que no haya una sola partícula en el aire que me haga estornudar. Observo que el celular sigue sin señal. Trato de recordar mi último estornudo. Fue ayer por la tarde, iba camino al depósito de la oficina llevando unas cajas de archivo y una de ellas tenía polvo sobre la tapa. Estornudé e inmediatamente busqué a Juana que estaba a dos bloques organizando unos estantes. “Te escuché. ¡Salud!” Le agradecí y respiré.
Por suerte no pasarán muchos minutos hasta que Juana descubra mi ausencia y se pregunte donde estoy y se de cuenta que el ascensor está trabado y los bomberos vengan a rescatarme.
 Si, hubo un grupo terrorista que dejaba cajas con pequeños explosivos que esparcían pimienta en el aire. Causaron muchos muertos aprovechándose de esta extraña situación. Cuando los atraparon los condenaron a muerte de la misma manera. Murieron estornudando, encerrados en cápsulas de acrílico en las que les tiraron pimienta blanca. Y es cuando el ascensor cerrado entre dos pisos me recuerda a una de esas cápsulas.
 La luz vuelve por unos instantes y el ascensor se sacude. El acrilico que protege las luces apenas se mueve y cae un poco de polvo. Apenas llegué a verlo. Me cambio de lugar sentándome en el otro extremo.
En la oscuridad del ascensor chequeo el celular una vez más. Son las 16:37, le queda un 40% de batería y no tiene señal. Está claro que en cualquier momento me van a venir a rescatar. No es que se van a ir de la oficina dejándome aquí.
Es decir, nada malo puede pasar salvo que me empiece a picar la nariz. Como ahora.

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